Tiempos de engaño

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«Cuando en ocasiones, analizando un caso de declive empresarial, he preguntado a un grupo de empresarios qué errores cometió esta empresa, rápidamente se llena la pizarra con una lista de desaciertos, indecisiones, omisiones, negligencias, imprevisiones, despilfarros, nepotismos, causantes del proceso de erosión que ha llevado a la empresa a la situación apurada. Alguien siempre dice «incapacidad para reaccionar». Y si pregunto si es posible que no se diesen cuenta de lo que estaba pasando, la respuesta masiva es «no». Rápidamente todos llegan a la conclusión lógica: lo hicieron mal y las consecuencias fueron malas, pero no lo quisieron ver, se engañaron».

Pedro Nueno, profesor del IESE. Del libro Reflotando la empresa.

 

La capacidad de autoengaño del ser humano es tan ilimitada como su curiosidad por conocer la verdad. Contradictorio, pero cierto. Las épocas cumbres en el desarrollo del conocimiento han sido siempre sucedidas por otras de oscurantismo, de ocultación de la verdad, como si ese cerrar los ojos al presente y a la experiencia del pasado fueran garantes de la necesidad de seguridad que todos llevamos en los genes. Ese proceso es aún más patente en estos tiempos modernos que nos ha tocado vivir.

El mundo de la empresa no es una excepción. Muy al contrario. Como un ente vivo que es, en el que confluyen factores tan diversos como el humano, tecnológico, creativo o financiero, padece con una especial intensidad ese proceso de autoengaño antes señalado, con el empresario como protagonista del mismo.

Pedro Nueno, cuyas reflexiones sobre este mecanismo han sido utilizadas en la introducción, afirma que ese engaño, siendo tan evidente, tan colectivo a veces, tan duradero en el tiempo, tiene elementos concretos para explicarlo, mantenerlo y, acaso, justificarlo. En su opinión, las embestidas del engaño son a veces tan fuertes que resisten la energía de grandes ejecutivos. El entramado de falsos argumentos produce enormes resistencias internas en las empresas y los altos directivos prefieren no enfrentarse a ellos por miedo a una violencia inmediata superior a la suave decadencia. Y apostilla asegurando que, probablemente, el último engaño es la esperanza de encontrar un destino distinto antes del momento final. Exponente de uno de los dramas más importantes del hombre: su incongruencia.

Al margen de reflexiones más o menos afortunadas, se puede afirmar que el empresario es una figura propensa al autoengaño. Y si no es cierto, ¿cómo se justifica la muerte de empresas, la decadencia de compañías que habían sido líderes en su sector o la lenta agonía que algunas sociedades arrastran durante años? Algunos dirán que son las circunstancias externas, las del mercado, las que provocan esos efectos. Habría que contestarles con otra pregunta: ¿qué hacía, en qué pensaba y qué decisiones adoptaba el empresario que observaba esas circunstancias? Probablemente un mecanismo interno de autodefensa, ese del que la naturaleza nos ha dotado para hacernos llevaderas algunas situaciones que de otro modo se nos tornarían insoportables, actuó e impidió ver la realidad y, lo que es peor, reaccionar. A ese mecanismo le podríamos denominar autoengaño. Es decir, incongruencia; uno de los mayores dramas del genero humano.

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