¿Fue el 12 de marzo de 2019 el 30º aniversario de Internet?

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Al menos eso nos hizo creer a todos Google con su doodle conmemorativo en esa fecha. Pero el dato no es exacto. Lo que nació hace treinta años no fue Internet. De hecho, la red es bastante más vieja.

Iremos por partes. Lo primero: ¿cúando nace Internet?

La interconexión de máquinas unidas mediante un protocolo tiene su origen en los años sesenta con la creación de ARPANet (Advanced Research Projects Agency Network), un proyecto militar que enviaba paquetes de datos de una computadora a otra mediante una línea de teléfono. Esta conexión buscaba la descentralización de la información, de modo que en caso de un ataque militar a uno de los bancos de información, al destruirse, esta no se perdiera. La primera conexión con éxito se estableció el 21 de noviembre de 1969 entre la Universidad de California y la de Standford.

El nombre de Internet llega en 1981, cuando se implanta el actual protocolo de comunicación TCP/IP, que asigna los números de cada dirección de Internet. Pero no de cada dirección web. Como curiosidad, esos números son los que le chivaban a nuestra conexión que habíamos consumido 72 minutos de cine online y que para ver el final de nuestra película teníamos que reestablecer desconectando el router un minuto.

Y hablando de la web, llegamos a ese 30º aniversario de algo.

Lo que realmente ocurrió aquel 12 de marzo de 1989 fue la creación de un documento en el que el ingeniero Tim Berners-Lee establecía las bases para casi dos años después conectar el primer servidor web. Es decir, lo que se celebra es la idea de la página web tal y como hoy la conocemos. Hasta la idea de Berners-Lee, la única manera que había de navegar por la red era mediante archivos o correos electrónicos. Algo completamente distinto a la que hoy conocemos. A ese mundo intangible en el que podemos encontrar servicios de salud, economía, bibliotecas, cines, oficinas de empleo, docencia… y cualquier otra cosa que exista en el mundo real. Una realidad paralela a la nuestra y conectada, tal y como pretendía aquel proyecto militar, que quería descentralizar la información para no perderla. Y tan bien ha ido que perder la cartera ya no supone perder tu documentación, disposición de tu dinero en el banco o cualquier otro servicio que te quepa en el bolsillo.

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